Miguel Ríos, la última vuelta al ruedo

EL PAIS SEMANAL / ANGEL S. HARGUINDEY- 24/04/2010 / FOTO: Jordi Socias


foto.miguel.paisemanal.jpgLlevó el rock a la arena. Llenó cosos hasta la bandera. Miguel Ríos se despide de las giras después de medio siglo de "caras felices y noches memorables" en la carretera.


En 1962, nuestro protagonista tenía 17 años y acababa de grabar su primer disco a cambio de 3.000 pesetas (18 euros). La discográfica, en un alarde de elemental imaginación, decidió etiquetarlo como "el Rey del Twist", el ritmo de moda. El gijonés señor Pendás le contrató por 10 días para su sala de fiestas arropado por la orquesta del local.  Tras la primera actuación, el encargado de la sala le dijo que no había cumplido lo acordado porque no sabía bailar bien el twist, a lo que el cantante le contestó que ni sabía lo que era el twist. No le despidieron porque les gustó cómo cantaba, pero le obligaron a ensayar todas las tardes el baile de moda. A raíz de aquello decidió aprender de verdad el oficio, ser un profesional de un gremio en el que, pese a la mala fama, había buena gente en todas partes.
Eran los años de lo que se vino en llamar la década prodigiosa, con Londres a la cabeza. España, naturalmente, era diferente. El prodigio nacional no era otro que sobrevivir en un régimen dictatorial que hacía poco empezaba a lavarse un poco la cara con la entrada del Opus Dei en el Gobierno y el plan económico de estabilización abanderado por Alberto Ullastres. En Granada había comenzado su andadura musical un joven cantante. Ahora, medio siglo más tarde, aquel joven ha iniciado una larga gira de despedida de los grandes conciertos. Se llama Miguel Ríos y esta es parte de su historia.

 

Pronto se van a cumplir 50 años desde que en 1960, acompañado de un grupo de amigos, se presentó al concurso 'Cenicienta 60' de Radio Granada interpretando 'La plaga', una versión de la versión que hicieron Los Teen Tops del tema de Little Richard 'Good golly Miss Molly', y ganó. Son muchos años y mucha historia. ¿Qué recuerdos tiene de aquel tiempo, aquella edad suya y aquel país?

 

Quizá lo que recuerdo con más precisión sea la tienda de discos de los Almacenes Olmedo en la que entré de aprendiz cuando dejé el colegio al finalizar la primaria. Ese primer trabajo contribuyó a cambiar mi vida. Hasta entonces, la única música moderna que escuchaba era en el juke box de los Billares Ganivet o en los guateques que ocasionalmente organizaba un amigo con posibles. Pero en la tienda tuve la oportunidad de escuchar desde el Hound dog de Elvis hasta el Marcianita de Billy Cafaro, pasando por los Teen Tops, Bobby Darin, Los Platers, Cliff Richard y los Shadows, Ricky Nelson? Un batiburrillo de músicas que difícilmente se podían escuchar en la radio de Granada, donde triunfaba Juanito Valderrama y Su primera comunión o Mi ovejita lucera en la sección de discos dedicados. Aunque también se podía oír en la radio de aquellos días al Dúo Dinámico, a Los Cinco Latinos, a Nat King Cole o a Paul Anka, pero tener los discos en mis manos, aunque no fueran míos, tenía su punto. Eran los embajadores de la modernidad. Objetos que me decían, sin que yo lo supiera, que había otros mundos donde esa era la música con la que la gente se emocionaba, se enamoraba o, simplemente, se divertía.

 

¿Hablamos de sus 16 años en un país aislado?

 

No fueron muy divertidos mis 16 años en la grisura luminosa del Sur. Sólo el cine, si la película era autorizada, ofrecía algún escape. La cartelera estaba llena de películas calificadas para "mayores con reparos" que, con la libido enfebrecida de la pubertad, me dejaban enganchado en el generoso escote que Sara Montiel exhibía en la cartelera de La violetera o con el plano de Kim Novak subiendo al campanario en Vértigo. Todavía recuerdo la estrategia de codos en punta que las niñas practicaban cuando sonaban las canciones lentas en el guateque y los paseos por la Carrera de la Virgen buscando la mirada furtiva y femenina que te anunciara un gramo de interés. Pero ná. Menos mal que estaban los amigos, los del barrio y los de la tienda, con los que podías reírte un poco de las miserias del domingo por la tarde, en esa ciudad agobiante, fría y provinciana que era Granada en los inviernos. Del país no se tenían noticias, por lo menos yo. Era algo remoto y ajeno. El aislamiento era tal, que presentías que existía el exterior porque venían turistas a ver la Alhambra y de alguna parte tenían que venir, pero eran tan extranjeros, tan pintorescos a nuestra realidad como el monumento que venían a visitar. También recuerdo el sabor del tabaco rubio americano, así lo voceaban los vendedores de los puestos de pipas. Yo fumaba Old Gold a granel y a escondidas.

 

Granada tiene fama por muchas cosas, entre otras por su 'mala follá'. Usted ha vuelto a su ciudad de origen e inicia su última gran gira. ¿Qué sensaciones ha sentido en su regreso a sus raíces?, ¿hay muchas diferencias entre la Granada de su pubertad y la de ahora? Si antes los extranjeros eran pintorescos, ahora todas las ciudades son multirraciales?

 

Nunca perdí el contacto con Granada y la he visto crecer en los esporádicos viajes que hacía para visitar a mi madre. Casi todos los sitios con los que me relacioné en mi infancia ya no existen. Ni la escuela donde estudié, ni la tienda donde trabajé. Sólo la casa donde nací, en el Cercado Bajo de Cartuja, sigue en pie. Tampoco perdí el contacto emocional con mi tierra, a la que he intentado cantar en diferentes épocas de mi carrera, haciéndole canciones que eran parte de mi biografía. He mantenido una relación bastante amorosa con ella, lo que no me impide reconocer sus carencias. Recuerdo que la especulación de los años sesenta se cebó con la ciudad: la falta de visión de una política urbana racional y el abandono de los barrios históricos y emblemáticos casi se la cargan y ya no pudimos ser Florencia. La Granada de mi juventud era una ciudad narcotizada por la belleza y congelada en las tradiciones, de la que había que huir si querías hacer algo nuevo. Ahora, medio siglo después, esa belleza patrimonial persiste y las perspectivas culturales de las ciudades medias han crecido. Las infraestructuras locales permiten una oferta rica y variada. La ciudad tiene grandes artistas de renombre que ya no tienen que abandonar su tierra para desarrollar su trabajo. Pero a pesar de que mi conocimiento de la realidad local es incompleto por el tiempo que he vivido fuera, creo que el problema secular, la asignatura pendiente de los granadinos, es la política: Granada se encuentra en los últimos puestos del ranking de la renta per cápita nacional, y la sociedad civil no consigue generar una masa crítica que ayude a cambiar las cosas. Claro que si empleáramos esa fina ironía que es la mala follá en defender nuestros intereses, y no en joder a los amigos, otro gallo nos cantaría.

 

Deja su Granada juvenil y llega a Madrid. Miguel es Mike y comienza sus actuaciones matinales en el Price, el Tuna's Club, Imperator. Tiempos de minifalda y peinados B'52, y así hasta el 'Himno a la alegría', un pelotazo cuantificado: más de siete millones de discos vendidos con la música de Beethoven. ¿Cómo fue todo aquello?

 

Pues sí, el primer mal trago, después del que me produjo el acojonamiento de verme solo en una ciudad tan grande, tan libre comparada con la mía, fue el cambio de nombre. Lo de Mike me pilló por sorpresa. Los de discos Phillips ni me lo consultaron, y cuando protesté tímidamente me contestaron que era lo que se llevaba. Me pusieron el ejemplo de Johnny Hallyday, que era francés, y yo argumentaba que París no era Granada, que se reirían de mí, que en mi tierra mi'que era la forma popular de decir mira que, que después, invariablemente, le seguía la palabra pollas y que, por tanto, yo sería llamado Mike Pollas, y así fue durante un tiempo, hasta que me lo quité. Al principio todo fue trampear a lo Carpanta, y lo del Price un espejismo. Quince matinés sin futuro, porque los biempensantes no bailaban rock, y un par de artículos de prensa bastaron para que se esfumara el sueño sin una pequeña queja. Eran tiempos sórdidos y peligrosos, y las pensiones impregnaban la vida con el degradante olor a repollo. La ayuda de algún familiar y la mesa familiar de alguno de mis nuevos amigos contribuyeron a que no tirara la toalla. La Tuna y el Imperator, y más tarde El Embarcadero, Consulado y otros clubes, fueron la tabla de salvación, el pan nuestro de cada día, el primer apartamento, el aprendizaje sin tregua. La única pega es que no hacía rock and roll. Tocaba con músicos de partitura a equipo puesto y el repertorio en los clubes y en los discos se dulcificó, pero estaba aprendiendo el oficio. Tenía 20 años, vivía solo en un apartamento en la capital, venía de una ciudad en la que en los servicios de los Billares Ganivet alguien había escrito: "En Granada, follar no es un pecado, es un milagro". Así que cualquier roce, escarceo, tocamiento o, incluso, faena amorosa completa para mí era una bendición. No sucedía tanto como uno habría querido, pero aquellos clubes eran de los pocos sitios donde la juventud podía relacionarse lejos de la mirada de la represión religiosa, eso sí, sólo hasta las diez. Mi nombre fue creciendo, hice dos películas lo bastante malas como para que se me quitaran las ganas de hacer carrera en el cine, cambié de compañía de discos, aprendí a escribir canciones y, aunque con altibajos, llegó el momento de la fama nacional con El río y Vuelvo a Granada, editadas en Hispavox. Lo del Himno merece respuesta aparte.

 

Pues hábleme de ello y de cómo un joven de Granada consigue asimilar un éxito internacional de tales características sin perder la cabeza.

 

La verdad es que no he sido muy engreído. Siempre he tenido como referentes tipos que cantaban mejor que yo: Ray Charles, Elvis, Van Morrison Además, mi aprendizaje, versionar en castellano -un idioma hostil para el rock hasta que aprendí a domeñarlo los temas de los mejores rockeros del mundo supuso una cura de humildad que me ha durado hasta hoy. Debo admitir que el Himno no se me subió a la cabeza, pero sí al bolsillo. Por primera vez recibí algún cheque de más de seis ceros, y eso, con 25 años, me dio una seguridad y un estatus que me han acompañado hasta hoy.

 

¿Cuál cree que fue la clave del éxito?

 

El disco empezó a venderse en Holanda y en algunos países de Europa, pero lo que lo hizo un éxito planetario fue que entrara en el top ten de Estados Unidos. El viaje a América para recoger el disco de oro resultó alucinante. Fue en 1970. Estaba estancado en Japón, en la Expo de Osaka, donde había ido a grabar un programa de TVE con Valerio Lazarov. Mientras esperaba que pasara el monzón para poder grabar mis cuatro canciones llegó un cablegrama de Hispavox donde se me decía que el Himno había entrado en el puesto 49 en la lista del Billboard, una entrada inusualmente fuerte para un artista nuevo y no sajón, y que quizá tendría que ir de promoción. Y así fue. Cuando aterricé en Los Ángeles, el disco estaba en el número 9 y subiendo. La compañía A&M Records me dio una bienvenida de estrella y un curro de esclavo. Viví un torbellino de cinco días en los que visité cinco ciudades, además de LA, Vancouver, Cagliari, Toronto y Montreal en Canadá, para finalizar en Nueva York. En esos largos días con sus cortas noches tuve tiempo de asistir a cinco meetings con los medios para fotografiarme con mi disco de oro, conceder muchas entrevistas con mi deficiente inglés, tomar cinco vuelos de varias horas, dormir en hoteles increíbles para alguien que nunca había sido una estrella, subir al Empire State Building, por entonces techo del mundo, en un elevador vip, montar en limusinas kilométricas, fumarme algunos canutos de la famosa Acapulco Gold y hasta intimar con una auténtica californian beach girl en mi única noche en Los Ángeles. De Manhattan me empaquetaron para Londres, donde hice el famoso Top of the pops, y cuando llegué a mi casa en Madrid, tres semanas después de salir para Osaka, me sentía como si hubiera pasado mucho más tiempo. Viajé solo, sin nadie de Hispavox. Algo impensable en el star system de hoy, pero tuve una inmersión de oro en la cultura de un país que había admirado desde siempre.

 

Sólo por la Acapulco Gold y la 'californian beach girl' ya mereció la pena el esfuerzo. De la chica de la playa no vamos a hablar, pero me gustaría que me contara algo de aquel incidente de los canutos que le llevó a dar con sus huesos en el hospital de la cárcel de Carabanchel. Es más que seguro que los menores de 35 años, los que hace que murió el dictador Franco, no sean conscientes de lo que era la vida cotidiana en este país.

 

Es difícil imaginar desde la perspectiva de hoy, desde la libertad democrática, lo duro que era vivir, escribir canciones, actuar, en ese Estado policial. La censura estaba tan instalada en nuestras vidas que escribíamos los temas en clave para iniciados o correligionarios que entendían ese metalenguaje. No hacía falta tener una militancia política para convertirte en indeseable para el sistema. El simple hecho de no encajar en sus estrechos cánones éticos o estéticos podía causarte problemas. El miedo estaba instalado en nuestras vidas. A pesar de ello, alguna gente joven abrazamos las peligrosas aficiones que nos brindaba la contracultura: el rock, el sexo y las drogas? En los Conciertos de rock y amor, grabados en directo en marzo de 1972, vertía, solapadamente, alguna de estas ideas de libertad existencial muy jaleadas por un público enfebrecido. Para frenar tanto desenfreno, la Brigada de Estupefacientes empezó a detener a algunos músicos y la madeja se fue liando hasta llegar a mí. Lo pasé mal en la Dirección General de Seguridad. La policía tenía métodos muy persuasivos para hacerte sentir culpable y pruebas muy evidentes de que sabían todo sobre mis usos y costumbres. Esas 78 horas de interrogatorios en los sótanos de la DGS, sin posibilidad de tener un abogado, se convirtieron en el episodio más amargo de mi vida y en la única vez que no estuve a la altura de mis expectativas. Pasé cinco minutos ante el juez que me empapeló al hospital Penitenciario de la cárcel de Carabanchel, en virtud de la franquista Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, que le permitía tenerme encerrado hasta la cura de mi adicción. Después de comprobar que el escarmiento había tenido el eco pretendido, me soltaron a los 27 días.

 

Después llegará el momento cenital de su carrera española: 'Rock and Ríos', 'El rock de una noche de verano', éxitos de ventas discográficas, giras con conciertos multitudinarios, estadios abarrotados, 'Bienvenidos, hijos del rock and roll'? Todo parece indicar que pocas cosas hay más impactantes que todo eso, que nada coloca más que 40.000, 60.000, 80.000 personas seducidas desde el escenario?

 

Creo que nada hay más dulce y adictivo para un artista que el aplauso. Es el combustible que te da la energía necesaria para aguantar en la cuerda floja las críticas malévolas, las dudas paranoicas, la insoportable levedad del éxito en un país como España, donde lo tienes que revalidar cada día. Cuando estoy en el escenario y las condiciones técnicas y físicas son las adecuadas, todo lo que no es catártico desaparece. El chute energético de oír a miles de personas cantar al unísono tu canción es tan poderoso que tengo que luchar para que la emoción no me cierre la garganta y me impida seguir cantando. Creo que deberíamos tener a alguien a nuestro lado que, como a César, nos recuerde que somos humanos, pero para eso, para mantener el equilibrio emocional, están la veteranía, los traspiés de las carreras largas y las críticas.

 

¿Fueron sus años de mayor gloria e influencia? 

 

Mi década prodigiosa fue la comprendida entre los años 1978 y 1988, donde hice nueve elepés, seis giras, tres de ellas producidas por mí (La noche roja, El rock de una noche de verano y Rock en el ruedo) y cientos de bolos contratado por terceros; me inventé, dirigí y presenté una serie de televisión (Qué noche la de aquel año) por la que me dieron mi primer Ondas y grabé un disco (El año del cometa) con el mítico productor americano Tom Dowd en el mismísimo Estados Unidos. El punto culminante de mi popularidad, y quizá de mi creatividad, fue Rock and Ríos, que arrasó el país en un momento en que la gente quería quitarse el corsé de la dictadura, el cambio político y la libertad de la calle. Creo que ese disco, como todos lo mega-éxitos, tuvo la inquietante virtud de minimizar todo mi trabajo anterior y posterior a su aparición, pero su enorme impacto popular contribuyó a conseguir un estatus para el rock en español y el interés de la industria y la clase política por este tipo de manifestación artística. El tema Año 2000, que empezaba diciendo: "Este es el tiempo del cambio", le sirvió a las Juventudes Socialistas como lema de la campaña del 82, y Alfonso Guerra, que me había invitado a cantar en el mitin fin de campaña del paraninfo de la Complutense, me dijo en la fiesta de celebración del hotel Palace que no sabía cuántos diputados me debía, pero que gracias. Durante toda esa década y parte de la siguiente, el pop-rock fue la música hegemónica, y su influencia social fue tan evidente que hasta el gran Serrat escribió una canción llamada Cuando duerme el rock and roll, donde los demás estilos musicales se lamentan del ostracismos al que les han relegado "los caprichosos dioses de la moda". Pienso que fueron mi inquietud artística y mi condición vocal las que, tiempo después, me llevaron a cantar, entre otras experiencias únicas, con una big band o con una orquesta sinfónica, pero siento que soy deudor de la inspiración de aquellos años.

 

Usted ha escrito: "He recorrido las carreteras de mi vida para llegar a la patria común de un escenario. Para llegar al tajo y, al mismo tiempo, al lugar de mi recreo. A la zona agridulce de luces y sombras", y comienza una larga gira de despedida "ahora que todavía puedo mostrarme con cierta dignidad y algo de gallardía antes del deterioro al que te lleva, implacable, la edad tardía que siento presionante en el DNI, aunque todavía no en mi corazón". Es el momento de las últimas reflexiones, del balance de una vida profesional.

 

Como dije en una canción, "todo se lo debo al rock and roll". He vivido de acuerdo a sus postulados y he intentado ser lo más honesto posible conmigo y con la gente que me ha ayudado a vivir de mi oficio. Si miro hacia atrás, ninguno de los sacrificios que me ha exigido mi trabajo ha superado el placer que da la vocación, y puedo asegurar que entre las pocas cosas de las que me siento seguro está haber escogido el rock y su filosofía como la forma de vida más excitante de mi tiempo. Aprendí hace tiempo a no correr el riesgo de compararme con nadie porque podía salir escaldado. Pero nunca dejé de exigirme estar a la mejor altura de mis posibilidades. He trabajado para que la gente me quiera y creo que lo he conseguido. Tengo un inabarcable archivo de caras felices y de noches memorables. Estoy muy agradecido por el cariño recibido y me considero bien valorado por mis seguidores. Sé que muchos están algo mosqueados por mi decisión de dejar las giras, pero quiero que entiendan que lo hago por respeto a ellos y a mi propia historia. Cuando termine mi última vuelta al ruedo, me iré a casa con la alegría del placer cumplido. Después seguiré cantando por solidaridad con las causas que siempre he defendido, prestándole mi voz a los que no la tienen, pero más como ciudadano que como artista.