Entrevista a Miguel en El País

EL PAÍS / CARLOS MARCOS / 04.08.10

 

Miguel_Rios.jpgEl roquero granadino Miguel Ríos, que se retira de los escenarios en noviembre con una gira, repasa las anécdotas que han marcado su vida en la capital

 

Miguel Ríos deja los escenarios. La gira Bye, bye Ríos. Rock hasta el final amplía estos días fechas: agotadas las entradas para el concierto del 6 de noviembre en el Palacio de Deportes, se suma el 7 de noviembre en el mismo recinto. Es un momento adecuado para que el roquero español más legendario repase las historias que marcaron su carrera en la ciudad donde ha transcurrido la mayor parte de su vida, Madrid.

Miguel Ríos llegó a la capital con 17 años y permanece en ella aún hoy, con 66. Comparte su residencia madrileña con la de su Granada natal. "En Madrid me pasó todo: compuse, ligué y sigo pagando mis impuestos".

 

- Las pensiones huelen a repollo. "Cuando llegué a Madrid procedente de Granada apenas tenía 17 años. Era principios de los sesenta. Me quedé con unos amigos de Granada que tenían un piso, pero yo quería independencia y libertad, así que me alojé en varias pensiones del centro de Madrid, la mayoría horrorosas y que olían a repollo. Me acuerdo que en una compartí habitación con un camionero de Ourense. En las pensiones aprendí una lección: que la independencia huele a repollo".

 

- Ligar, una cuestión de fe. "Uno de los primeros locales a los que iba era el Club Castelló, en la calle Castelló. Yo no podía actuar allí porque solo admitían a las bandas instrumentales, como Los Relámpagos. En el Castelló intentabas ligar, pero había que echarle mucha fe al asunto: era prácticamente imposible. A finales de los sesenta, cuando ya era popular, la cosa cambió: salía sabiendo que iba a ligar".

 

- El día que le dejé mi piso a un 'stone'. "Mi primer buen piso en Madrid fue en la calle Doctor Fleming. Era un apartotel, formato muy cómodo porque tenía servicio de habitaciones que te hacían la cama y te limpiaban todo a diario. Lo cogí en esa zona porque estaba cerca del Santiago Bernabéu y para mí eso era lo más grande: ¡estaba al lado de mi amado Real Madrid! Y justo debajo tenía el restaurante Félix Ondarreta. Era el barrio donde me gustaba vivir. Por aquella época era amigo de un grupo inglés que se llamaba The End, que era propiedad de Bill Wyman, el bajista de los Rolling Stones. The End era una banda de espléndidos músicos que hacían happenings: traían go-gos, participaba la gente... Wyman vino a ver al grupo y se quedó en mi casa. El tío tenía fama de follador, pero en Madrid no se comió ni un rosco. Ninguna tía quería ir con él porque decían que era feísimo. Y tenían bastante razón. Nosotros intentábamos sacarle cosas de Jagger y Richards, pero él solo quería ligar. No se comió un rosco, pero tenía un sentido del humor cojonudo".

 

- Probando la cazalla en el Circo Price. "Lo del Circo Price duró solo unos meses, del invierno de 1963 a mayo de 1964, 15 actuaciones. Fue como ponernos un caramelo en la boca y luego quitárnoslo de golpe. Era los domingos por la mañana. Ensayábamos los sábados por la noche allí. Íbamos a un bar de al lado, fumábamos y bebíamos cazalla, que se puso de moda no sé por qué y que estaba horrorosa. El domingo, el día del concierto, probábamos sonido a las nueve de la mañana. Cabían unas 1.000 personas. Era uno de los pocos sitios donde se podían exteriorizar los sentimientos, gritar, bailar. Era un paréntesis de libertad en un país azotado por la dictadura. Fue muy excitante. Tocábamos seis o siete temas cada grupo. Luego nos íbamos con los instrumentos en un taxi, a comer toda la banda juntos. Pero la prensa oficial empezó a decir que allí se juntaba toda la cochambre. Fueron críticas muy duras y al final las autoridades decidieron cerrarlo. Una desgracia".

 

- Una reverencia a Di Stéfano antes de 'Rock and Ríos'. "Grabamos el disco en directo Rock and Ríos en el pabellón del Real Madrid (donde ahora se levantan rascacielos, al lado de La Paz), en marzo de 1982. Fui el primero que tocó allí. Luego llegaron Iron Maiden, Jethro Tull, Barón Rojo, Supertramp, Nirvana y muchos más. Era un lugar ideal, para 6.500 personas. Yo iba mucho, a jugar al fútbol con mis ídolos: Di Stéfano, Marquitos, Puskas... La pachanga con ellos era para mí similar a tocar con Elvis. Los conciertos salieron muy bien. Estaba seguro de que si alguien fallaba era yo, porque la banda era espléndida. Teníamos una introducción que nos hicieron en vídeo Martes y Trece. Y fue un descubrimiento, porque el público se reía y la banda podía entrar súper suave, con Bienvenidos".