"Le cantaba a mi madre para que me diera la paga"

PÚBLICO / JAVIER SALAS / 22.08.10


foto publico.jpgMiguel Ríos. Rockero. Se va. Y recuerda quién fue ese benjamín que sólo deseaba hacerse mayor para dejar de ser el chico de los mandaos'

 

En la placita granaína en la que se crió, todos los niños jugaban al fútbol. "Corrían detrás de la pelota como un signo de liberación". Pero ninguno quería ser futbolista de mayor. "Nosotros no veíamos el fútbol, ni conocíamos a los futbolistas. El fútbol no era un deporte ni una profesión, era jugar", asegura Miguel Ríos (Granada, 1944), a quien le preocupaba más andarse con ojo con la pelota que pensar en su futuro. "Romper los cristales de los vecinos estaba altamente penado en casa; mi madre nos dejaba la marca del dibujo ondulado de la suela con sus zapatillas".

Colocar a Miguel Ríos en medio de la Gran Vía de Madrid para hacerle una foto es como soltar un balón en su plazoleta llena de críos. Amable y cariñoso, atiende al revuelo de gente que le besa, abraza, toquetea, pide fotos o saluda de lejos. Y el viejo rockero demuestra estar bien despierto cuando pasan dos jovencitas en shorts: "Qué lindas, las princesitas madrileñas". Es un hombre especialmente dedicado estos días a rebuscar en el baúl de los recuerdos. Le toca, porque que se retira (con una gira de conciertos), y todos le preguntan por aquél Mike que aterrizó en Madrid para conquistar las radiofórmulas.

 

Le toca, pero le cuesta, porque ha llovido mucho. Llegó al mundo el Día D+1, un día después de que el general Eisenhower desplegara con éxito sus tropas por las playas de Normandía. "Recuerdo con bastante satisfacción mi infancia, pero está en una nebulosa; hasta que entré en los salesianos, con 9 años, los recuerdos son muy borrosos".

 

Frente al colegio había un hospital psiquiátrico, desde el que los internos hacían señas a los niños mientras jugaban en el patio: "Asomaban las manos por las ventanas de aquel edificio medieval. No nos daban miedo, porque no sabíamos qué significaba estar loco. En aquella España, esas cosas estaban ocultas, no se sabían. Granada era así, narcótica: por un lado era una ciudad bella y muy luminosa, pero al mismo tiempo se notaba el sustrato oscuro de una guerra reciente, de las barbaridades que se habían perpetrado. Y eso flotaba en la ciudad, como un manto negro", rememora.

 

Allí, en el coro, descubrió que "cantar era muy placentero físicamente si se hace bien". Miguel se recuerda cantando desde muy crío, mucho antes de descubrir a Elvis: "Ya entonces le cantaba a mi madre Granada, de Agustín Lara, para que me diera la propina de los domingos". Era el pequeño de siete hermanos, en una casa que era "una juerga continua gracias a mis cinco hermanas, que siempre estaban inventado juegos, montando teatrillos...".

 

No obstante, era el benjamín de la familia, lo que implicaba más obligaciones que privilegios. Miguel era el chico de los recados de todo el mundo, y no podía negarse: "Me perseguía una frase recurrente: Niño, ve a por esto, ve a por lo otro'. Y me tocaba ir a la tienda o a donde fuera a hacer el mandao. Para mí era terrible. Al ser el menor, no tenía arte ni parte". Era un crío que no tenía objetivos en la vida: "Eso es una cosa moderna. Yo sólo sabía que no iba a estudiar, porque en casa no había posibilidades. Sabía que iba a trabajar en alguna cosa, pero no en qué, salvo de mecánico, que les veía con las manos muy sucias y no me gustaba nada", evoca.

 

Al contrario de lo que pudo imaginar, su madre le ayudó mucho a cumplir con su sueño: "Era muy sensible, y siempre hizo todo lo posible por facilitar mi vocación, en lugar de frenarla, que era lo típico entonces. Y eso que sufrió mucho por el miedo a que me echara a perder con la vida disoluta y las malas compañías".

 

Su madre hizo de madre y de padre, ya que este aserrador y tasador de choperas murió cuando todavía era adolescente. "Era una persona muy recta y seria, de pocas palabras pero muy sentencioso". Un día, le señaló la cantidad de carteles que anunciaban la actuación en Granada de un cómico de la época, Emilio el Moro: "El nombre de los tontos está escrito en todas partes", respondió su padre. "Una sentencia que se me quedó para toda la vida, porque él se llamaba Miguel Ríos Qué pensaría si levantara la cabeza, si hasta la calle donde él nació, en su pueblo, se llama Miguel Ríos".