EL ÚLTIMO 'BLUES' DEL AUTOBÚS

Miguel_Rios_escenario_acompanado_Manolo_Garcia_Leiva_Carlos_Goni_Rosendo.jpg

El País - IKER SEISDEDOS - Granada - 18/09/2010


Miguel Ríos inicia en su ciudad natal su gira de despedida, 'Bye Bye Ríos' - El músico estuvo arropado por artistas como Ana Belén, Rosendo y Manolo García


Memorias de la carretera, una parábola sobre las alegrías y las tristezas de eso que solo es rock'n'roll y sin embargo, ay, nos sigue gustando, sirvió anoche de nada obvia inauguración del fin de semana oficial de Miguel Ríos en Granada. La leyenda de la música española, de negro, con ese balanceo suyo inconfundible, el perpetuo coqueteo con el micrófono y aquel gesto de subirse los cuellos que es todo un estilo de vida, brindó a continuación y sin respiro el himno Bienvenidos. Y enloquecieron los hijos, las madres y los primos del rock'n'roll que abarrotaban el primero de los dos conciertos de no hay entradas (9.000 se vendieron) que Ríos ofrecerá en el Palacio de los Deportes de su ciudad natal para abrir la gira de despedida de los escenarios. La ha bautizado Bye Bye Ríos, en otro de sus proverbiales recursos al inglés como lingua franca del pop.

El concierto tuvo también mucho de aquelarre familiar

"Me he ido adaptando bien a las edades que me ha tocado vivir"

La fiesta tuvo mucho de celebración del vasto repertorio del artista, de cincuenta años de servicios prestados a la música española y del camino que Ríos, más de una vez en solitario, fue hollando desde los lejanos, grises e ingenuos sesenta para los que vendrían después.

Nueve artistas de al menos cinco generaciones se sumaron a la despedida (por turnos y previa negociación del tema que interpretarían a dúo con el gran hombre) en un concierto generoso (dos horas y media) e irrepetible que se registró para su publicación en disco, que distribuirá EL PAÍS a partir del 24 de octubre. El elenco fue mucho más que un alarde de agenda. Es difícil imaginar a alguien, y mucho menos si solo es un hombre (como rezaba el éxito de Ríos, que también sonó ayer) con la capacidad para juntar a una mesa (sucedió en el conocido restaurante Chikito del centro de la ciudad) a artistas tan dispares como Ana Belén, Rosendo, Manolo García y Pereza. "¡Es que este tipo grabó antes que los Beatles!", se admiraba Leiva, de Pereza. "Y probablemente sea el único que pueda hacer de algo así. Tiene que ver mucho con el modo en que se relaciona con los suyos, con su vastísima familia", reconoció Ana Belén, que interpretó a dúo El Río en uno de los puntos álgidos del concierto. Y acertó: el recital tuvo también mucho de aquelarre familiar. No es solo el simbolismo de Ríos de vuelta en Granada como escenario de su despedida -es la ciudad que dejó en los albores de los sesenta para triunfar y a la que dedicó célebre tema en clave de retorno, que, claro, interpretó anoche-. Es también que el equipo que lleva desde el miércoles en la ciudad para cuadrar los ensayos con los artistas (de Carlos Tarque, de M Clan, a Carlos Goñi; de Amaral a Lapido) está integrado por varios miembros del nutrido grupo de sobrinos (¡19!) del artista. Además, Lua, la hija, tres veces la de la canción del mismo nombre, subió al escenario como parte de su banda Gold Lake para interpretar la oscura Un caballo llamado muerte.

¿Y el público? Una mezcla generacional escorada hacia la mediana edad y en envidiable convivencia, empezó a abarrotar el recinto dos horas antes del comienzo y respondió según lo esperado a tanto emotivo estímulo, pese a que el homenajeado se mantuvo de una pieza. Debe de ser porque los viejos rockeros nunca lloran.

El secreto mejor guardado de la noche se desveló por fin cuando todos los invitados se subieron al escenario en un acto de sincero homenaje y ya en el turno de bises (esos simulacros de adiós) para interpretar Bye Bye Ríos, escrito por él mismo y tema estrella de la gira (nueve fechas, con llenos en Madrid, Valencia, Barcelona, A Coruña y Santander). No fue, pese a la tentación semántica, el último de la noche y eso que la letra dice "medio siglo de rock'n'roll, se acaba la función". El honor fue para Himno a la Alegría. Famosísima aportación de Ríos (y de Beethoven, obviamente) a la memoria de un país que echó los dientes democráticos con sus canciones, sonó como una declaración de principios. Miguel Ríos deja la música contento. "Esta edad mía [tiene unos atléticos 66 años] es la del adiós", explicó sin síntomas de blues del autobús (tampoco faltó esa canción, con Manolo García) en la furgoneta de gira que renqueaba camino de su casa en las postrimerías de la Alhambra.

Con las velas de la fiesta aún humeando, el consuelo quedó en la letra de Rocanrol bumerang, que interpretaron asombrosamente Pereza. "El rock es un bumerang, por eso siempre volverá".


CONSTRUYENDO FUTURO


DIEGO A. MANRIQUE 18/09/2010

 

Mencionas a Miguel Ríos y todavía surgen graciosetes: "Ah, Mike Rivers". Como si el hecho de que sus primeros discos salieran bajo el nombre Mike Ríos fuera un grave pecado. Cuanta ignorancia: en 1962, el principal soporte eran los vinilos de cuatro canciones, donde las discográficas determinaban lo que iba dentro y lo que ponía fuera. No percibo ese retintín al hablar de Johnny Hallyday (Jean-Philippe Smet) o Cliff Richard (Harry Rodger Webb).

Ríos y un puñado de locos se inventaron lo de cantar rock en España, cuando hacer material original era inconcebible y los artistas rondaban por las editoriales, para rogar al señor Algueró de turno que les permitiera interpretar alguna versión medianamente adaptable a su estilo. Ya le distinguía el afán de perfeccionarse, de dignificar una música aquí considerada como moda desechable.

En el camino se encontró con un pelotazo mundial (Himno a la alegría) que le permitió visitar California e impregnarse de contracultura. En 1972, cuando la mayoría de la generación del Price cultivaba la balada romántica o confeccionaba éxitos para el verano, él defendía sus conciertos de rock y amor. Tuvo el honor de ser el primer rockero detenido por la policía con propósitos aleccionadores. Con todo, insistió en comunicar sus preocupaciones, fueran la guerra nuclear (El huerto atómico) o sus raíces culturales (Al-Andalus).

Cuando llegó la apertura democrática, el país asumió que el rock era uno de los símbolos de modernidad. Por primera vez, Miguel no remaba contracorriente. En gran medida, fueron sus giras las que lograron que España se habituara al rock, como expresión que requería una infraestructura técnica, y a las peculiaridades de su público. Nadie olvide que dominaba la barbarie: Barcelona recibía a los Rolling Stones con cargas policiales y bombas de humo lanzadas al interior del recinto.

El final de los setenta y el principio de los ochenta fueron suyos. Era tan omnipresente que la caída resultó estrepitosa. Conviene quedarse con su tenacidad para crear repertorio inteligente y notables intuiciones, como la de aproximar el incierto rock español a los robustos movimientos de Argentina o México.

Aguantó el tirón durante los noventa. Puede que fuera un error táctico el sumarse al clan de los cantautores cívicos pero supo emanciparse con su propio sello y probar con una big band, con Kurt Weill, con el blues. Una trayectoria francamente prodigiosa para alguien que debutó con la etiqueta impuesta de rey del twist.