Miguel Ríos. Hasta la vista

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EL PAÍS SEMANAL / IKER SEISDEDOS / 17.10.10

 

Estrellas de cinco generaciones homenajearon a la leyenda del rock en Granada en el primero de los conciertos de su despedida. Esta es una crónica con acceso a los camerinos de un acontecimiento único, registrado en un libro-disco que se venderá con EL PAÍS.

Los gritos del público no dejan pensar. Miguel Ríos, tres peldaños por debajo del escenario de un Palacio de los Deportes de Granada en penumbra, gasta un aire de concentración. Hace estiramientos. A un lado. A otro. Empieza a sonar Memorias de la carretera, donde se dice aquello de "tener por bandera una banda rockera / y un buen botiquín contra la ronquera / brindar por los sueños de mi alma viajera / cantarles memorias de la carretera". Su sobrino y miembro del equipo más cercano del cantante, Nacho Montoro, posa una mano sobre su hombro. Llevan toda una vida juntos y si bien nadie quiere identificar esto como un punto y final, es difícil abstraerse del simbolismo de la despedida.

 

¿Un adiós? Más bien, un Bye bye Ríos, nombre que el granadino, de 66 años, ha puesto a su última vuelta al ruedo de los escenarios españoles, plazas en las que ha toreado durante cinco décadas de servicios prestados al rock y a su reconfortante e inagotable mitología. Es viernes y Miguel Ríos está a punto de comenzar su gira de despedida con un fin de semana (16 y 17 de septiembre) en Granada. Dos conciertos consecutivos con el cartel de no hay billetes (20.000 personas en total) que fueron registrados para un libro-disco que se distribuye próximamente en exclusiva con EL PAÍS y pretende capturar eso que cualquiera que haya asistido a un espectáculo de Ríos en todo este tiempo sabe que existe, es tan difícil de explicar y, en cualquier caso, derrocha entusiasmo y vitalidad.

 

La fiesta se presentaba con los ropajes del acontecimiento. Nueve músicos de al menos cinco generaciones se prestaron a ser grabados durante los dos días de homenaje al cantante. Otro viejo compañero, Carlos Narea, productor de Miguel desde aquel lejano Rocanrol bumerang (1980, "cuando el rock en español no era un asunto rentable para las discográficas"), sentaba los precedentes de la gira con un cálculo. "La idea de una despedida a lo grande le rondaba desde hace un par de años. Estaba cansado del sistema de sacar disco, hacer una macrogira y vuelta a empezar".

 

Para asistir al cisne en su último canto desfiló por el backstage del Palacio de los Deportes, iluminado con tubos fluorescentes titilantes, un quién es quién del pop español. Manolo García asomaba tímidamente por la puerta de su camerino. Los Carlos (Tarque, cantante de M Clan, y Goñi, de Revólver) discutían con disgusto las circunstancias de la salida de Radio 3 del locutor de rock Diego Manrique. Y mientras Miguel Ríos emocionaba sobre las tablas ("nunca soñé cumplir 50 años en el escenario, tampoco encontrarme con tantos amigos; no creo que quepa belleza mayor"), Pereza (Leiva y Rubén) se admiraban, con la picardía de dos personajes de tebeo, de la admirable figura de Ana Belén, que siguió el concierto sentada por una pantalla de plasma del green room (modo un tanto pomposo de denominar a la zona común de los artistas).

 

Esa misma mañana, Ríos, un tipo genuinamente cariñoso, había aclarado, montado en la furgoneta de gira con asientos de cuero, que todo aquello no era precisamente fruto de la casualidad. "Si el partido del Barça fue el miércoles, esto debe de ser Granada", bromeaba en clave cinéfila acerca de los complejos preparativos de un espectáculo que involucró el trabajo de un centenar de personas. El destino del vehículo, que trepaba por las endiabladas cuestas de las postrimerías de la Alhambra, era el carmen que el artista posee en la ciudad desde hace un par de décadas. "Recuerdo cuando dejé de ir a dormir a casa de mi madre. Ella me decía: 'Miguel, ya no me quieres', y yo: 'no, mamá, no es eso, es que ya estoy muy mayor'. Me tuve que marchar de aquí a principios de los sesenta; era una ciudad congelada, ensimismada en su propia belleza, en la que no se movía una hoja. Para mí era importante romper con el cordón umbilical, pero luego te das cuenta de que tu casa está aquí. Por eso vuelvo a Granada, como en la canción, para despedirme de la música".

 

En el asiento contiguo de la furgoneta, Montoro rememoraba los últimos casi treinta años de la carrera del artista: "Miguel es mejor jefe que tío", aseguraba entre risas. "Muchos sobrinos suyos empezamos con él haciendo trabajillos de luces en giras durante los ochenta, como yo, que eché los dientes con Rock de una noche de verano, y nos fuimos incorporando a su equipo".

 

Del carácter eminentemente familiar del huracán Ríos había pruebas hasta impresas ese mismo viernes en la prensa local. Granada Hoy dedicaba una doble página al asunto del "tito rockero", que "daba el aguinaldo más grande en Navidad y regalaba la ropa más cara", y de sus 19 sobrinos, "testigos de una carrera plagada de éxitos y depositarios de un legado de fotografías, discos y recuerdos de un valor incalculable". También hubo un guiño a la familia en el concierto de homenaje. Uno de los puntos álgidos del programa era la aparición de la hija cantante de Miguel Ríos, Lúa (a la que dedicó la célebre canción del mismo nombre, por triplicado). La veinteañera Lúa, residente en Brooklyn (Nueva York), compareció con la otra mitad del dúo Gold Lake y, a diferencia del resto de los artistas, siguió el concierto (y sobre todo las letras del repertorio) desde el mismo recinto. Y subió a cantar la nada obvia Un caballo llamado muerte, advertencia escrita a finales de los setenta acerca de las ilusiones letales de la heroína.

 

Pero mucho antes de catarsis como esa, se celebraron ensayos en Madrid previos a la cita de Granada, y las pruebas de sonido, asunto que se despacha habitualmente en una tarde, se prolongaron durante tres días, en los que fueron llegando los artistas a la ciudad. Las bandas que se avinieron a participar en el homenaje fueron eligiendo con qué canción subirse al escenario. "Algunos (como Pereza o Amaral) habían grabado estas canciones en un disco de tributo; otros aceptaron nuestras sugerencias, y el resto, como Manolo García, que no quiere ni oír hablar de repetirse, se empeñaron en sus elecciones; en su caso, El blues del autobús, explica Narea.

 

Hubo además un cuarto grupo, integrado por el talento local granadino José Ignacio Lapido, de la extinta banda 091, y Rosendo, que interpretaron temas escritos por ellos mismos. A este último, impenitente rockero de Carabanchel con una natural aversión a la ligereza y a la tontería, se le podía ver en los camerinos encadenando cigarrillos con un tímido aire de extrañeza. "A mí no se me suele liar para estas cosas, pero Miguel se lo merecía. Cuando nos cogió a Leño [su banda de juventud] para la gira Rock de una noche de verano [en 1983] nos cambió la vida. Y sinceramente, creo que no he vuelto a tocar en esas condiciones en mi vida".

 

Cada uno de los participantes en el libro-disco tiene su propia historia relacionada con Miguel Ríos. Acaso porque, como asegura su amiga Ana Belén, "es un tipo extremadamente generoso con las generaciones jóvenes". Ella lo vio por primera vez con apenas 11 años en un programa especial de Radio Madrid ("él ni reparó en esa mocosilla que yo era, claro"). Carlos Tarque, de M Clan, que luego sería definido por el gran hombre como "el mejor cantante de rock de este país", rayó el Rock and Rios de tanto escucharlo con 12 años, y Manolo García asistió en cierta ocasión a "una docena" de conciertos del intérprete (junto a Beethoven, por supuesto) del Himno a la alegría, simplemente porque no podía creerse que una banda de rock en español pudiese sonar en los inicios de los ochenta con "esa potencia".

 

"¡Es que este tío estaba en esta historia incluso antes de los Beatles!", se había admirado Leiva, mitad de Pereza, durante la comida en el restaurante Chikito, cuyo dueño es un tesoro de anécdotas sobre Ríos. Durante el almuerzo, a uno le daba por pensar que quizá no haya artista en España capaz de sentar a una mesa a cantantes tan dispares como el dúo madrileño, Rosendo, Ana Belén y Manolo García.

 

Ni tampoco, seguramente, de provocar tan unánime cariño de sus vecinos. Para caer en esa certeza tampoco hizo falta demasiado tiempo en la ciudad. Un pequeño paseo con Ríos por las cercanías de su casa arrojó escenas como la de un autobús de línea hasta los topes de pasajeros causando un atasco para que su conductor pudiese hacerse una foto con el móvil junto a la leyenda del rock.

 

Entre el público de los conciertos inaugurales de la gira de Bye bye Ríos, el amor se proyectó más bien por la vía del desgañite, sobre todo cuando los músicos subieron para interpretar la canción que da título al tour, más relajados, quizá porque la gran cita tocaba a su fin o simplemente gracias a las cervezas que rebosaban las neveras del green room.

 

Tras el concierto quedaba el trabajo a contrarreloj de terminar el libro-disco para su comercialización ("se trata de seleccionar entre el repertorio de los dos días y de hacer limpieza de gritos del público y chistes de los que te cansarás si tienes que oírlos en el álbum durante los próximos treinta años", explica Narea). También la certeza de que la despedida de Miguel Ríos va a ser como una de esas noches largas de juerga que se toman prestada la mañana siguiente. Todo indica que la gira se prolongará durante buena parte de 2011.

 

Y ¿ya está? Pese a que durante aquel viernes en Granada nadie acababa de dar todo el crédito a lo de su despedida -bien por el cierto descreimiento de los viejos conocidos, como el de Ana Belén ("ya le he dicho que lo suyo tiene que ser como lo de Chavela Vargas, que lleva un montón retirándose"), o bien porque, como asegura Juan, de Amaral, el cantante está en "la plenitud de sus capacidades vocales")-, el propio Ríos zanja el asunto con una reflexión: "Siempre me he ido adaptando bien a las edades que me ha tocado vivir. A mis veinte años hice las cosas desaconsejables que debía hacer. Y ahora que ya enfilo los 67 tacos, creo que lo que toca es el adiós". O, dicho en clave mucho más rock, el bye bye. 

 

El libro-disco, editado en exclusiva por EL PAÍS, se distribuirá próximamente en todos los quioscos por 9,95 euros.